BOLETIN OR HASHABAT
Ilumina tú Shabat con esta increíble expliación sobre cada paso del Shabat, La parashá y La Haftara
CONTENIDO DE LA PARASHA:
Nuestra parashá trata los siguientes temas:
La descripción detallada de la creación del mundo; la creación de Adam y Javá; su pecado al comer del fruto del Árbol del Conocimiento, que Hashem les había prohibido; el castigo que recibieron y su expulsión del Jardín del Edén. También relata el nacimiento de Caín y Hével, el asesinato de Hével a manos de Caín y el castigo de este último; el nacimiento de Nóaj y su elevada condición espiritual; y el decreto del Diluvio.
UNA ENSEÑANZA PARA LA MESA DE SHABAT
«Y vio Dios que era bueno» (Bereshit 1:10).
Acerca de todo lo que Hashem creó en el mundo, la Torá declara: «Y vio Dios que era bueno». Es decir, Hashem da testimonio de que todo lo que creó era bueno. Solo al hablar de la creación del ser humano no aparece inmediatamente la expresión «era bueno». Esto resulta sorprendente: si el ser humano es la corona de la creación, ¿por qué no se dice también de él que «era bueno»? Los comentaristas explican que todos los demás seres cumplen su propósito desde el momento en que son creados. No pueden cambiar su naturaleza: se desarrollan de acuerdo con la manera en que fueron creados y con la finalidad para la que existen. Por eso, la Torá puede afirmar desde su creación que son buenos: fueron creados para el bien y para cumplir una función útil, y así permanecerán siempre. Únicamente el ser humano tiene la capacidad de cambiar, de elegir entre el bien y el mal, de convertirse en una persona justa o, Dios no lo permita, en una persona malvada.
Por eso, la Torá no puede dar testimonio, desde su creación, de que es bueno. ¡Eso depende de la persona misma! Adam, el primer hombre, es un ejemplo de ello. Nuestros Sabios enseñan que su nivel espiritual era superior al de los ángeles, hasta el punto de que estos lo servían en el Jardín del Edén. En el momento de su creación, sin duda se habría podido decir de él que «era bueno».
Sin embargo, ese mismo día transgredió la voluntad de Hashem y comió del fruto del Árbol del Conocimiento que el Creador le había prohibido. Perdió su elevada condición y fue expulsado del Jardín del Edén. En ese momento, ya no se podía decir de él que «era bueno». También lo ocurrido con Caín y Hével, los hijos de Adam y Javá, ilustra esta idea. Ambos discutieron y, en el calor de la pelea, Caín asesinó a su hermano Hével. Por lo tanto, no se puede determinar de antemano si una persona será buena o mala. Eso depende única y exclusivamente de ella misma. La persona debe comprender que el propósito para el que fue creada es cumplir la voluntad de Hashem y, por medio de ello, merecer el Mundo Venidero. Quien vive toda su vida con esta conciencia no encontrará difícil cumplir Su voluntad.
Entonces, su Creador podrá dar testimonio de ella y decir: «Es buena».
ENTENDIENDO LA HAFTARÁ
Haftará del Shabat que coincide con la víspera de Rosh Jódesh
Shemuel I (I Samuel), capítulo 20, versículos 18–42.
Contexto histórico
Esta historia tuvo lugar en la tierra de Israel, durante el reinado del rey Shaúl, aproximadamente en el año 2890 desde la creación del mundo (871 antes de la era común).Después de que David venciera al gigante Goliat, Shaúl lo acogió con gran cariño e incluso le dio a su hija Mijal por esposa. Sin embargo, al ver la admiración que el pueblo sentía por David, comenzó a sentir celos de él, hasta el punto de querer matarlo. Yehonatán, hijo de Shaúl y heredero del trono, mantenía una profunda amistad con David. A pesar de saber que David podía llegar a ocupar el lugar que le correspondía como futuro rey, lo quería sinceramente y estaba dispuesto a protegerlo.
Resumen de la haftará
«Mañana es Rosh Jódesh y se notará tu ausencia, porque tu asiento estará vacío».
Con estas palabras comienza la haftará. David sabía que su vida corría peligro: el rey Shaúl quería matarlo. Pero Yehonatán, hijo del propio rey y gran amigo de David, todavía esperaba poder comprobar cuáles eran las verdaderas intenciones de su padre. Para averiguarlo, ambos idearon un plan. En Rosh Jódesh, el rey acostumbraba a celebrar una comida especial con quienes se sentaban habitualmente a su mesa. David no asistiría y Yehonatán observaría cómo reaccionaba su padre ante su ausencia. Llegó Rosh Jódesh y el asiento de David permaneció vacío. El primer día, Shaúl no dijo nada, suponiendo que David se encontraba en un estado de impureza ritual. Pero cuando tampoco apareció al día siguiente, preguntó a Yehonatán: «¿Por qué el hijo de Ishai no ha venido a la comida ni ayer ni hoy?». Yehonatán respondió que David le había pedido permiso para viajar a Bet Léjem y reunirse con su familia. La reacción de Shaúl fue inmediata. Enfurecido al comprender que su hijo estaba protegiendo a David, lo reprendió duramente y le advirtió:
«Mientras el hijo de Ishai viva sobre la tierra, ni tú ni tu reino estarán firmemente establecidos».
Shaúl veía en David una amenaza para el futuro de su hijo. Yehonatán, en cambio, no estaba dispuesto a sacrificar a su amigo para asegurar su propio reinado. Cuando intentó defenderlo y preguntó qué había hecho David para merecer la muerte, Shaúl se enfureció aún más y lanzó su lanza contra él. Ya no quedaban dudas: David debía huir para salvar su vida. A la mañana siguiente, Yehonatán salió al campo y, mediante una señal que ambos habían acordado, le comunicó el peligro. Después llegó el momento más conmovedor del relato: la despedida. David salió de su escondite, se postró ante Yehonatán y ambos se besaron y lloraron. Sabían que sus caminos debían separarse, pero también que su amistad permanecería intacta. Yehonatán se despidió con estas palabras: «Vete en paz, pues ambos hemos jurado en nombre de Hashem, diciendo: “Hashem será testigo entre tú y yo, y entre mis descendientes y los tuyos, para siempre”». Así concluye una historia que nos muestra una amistad extraordinaria: Yehonatán sabía que David podía ocupar el trono que él mismo estaba destinado a heredar y, aun así, eligió protegerlo. Su lealtad no dependía de lo que pudiera ganar, sino de lo que sabía que era correcto.
¿Por qué leemos esta haftará?
Esta haftará se lee cuando Shabat coincide con la víspera de Rosh Jódesh, porque el relato comienza precisamente con las palabras:
«Mañana es Rosh Jódesh».
Por esta razón, nuestros Sabios establecieron su lectura para ese Shabat, aunque no esté directamente relacionada con la parashá de la semana.
CONECTÁNDONOS CON EL SHABAT
Mucho más que un día de descanso
¿Por qué Hashem quiso que dedicáramos un día entero de cada semana a dejar de trabajar? Después de todo, Hashem no necesita descansar. Entonces, ¿qué tiene de especial el séptimo día para que la Torá nos ordene apartarnos de nuestras ocupaciones y dedicarlo a Él? La respuesta encierra uno de los fundamentos más profundos de nuestra fe. Durante seis días, Hashem creó el mundo. En el sexto creó al ser humano y completó Su obra. Al llegar el séptimo día, cesó de crear, no porque necesitara descansar, sino porque Su obra había concluido. Por eso, cada semana, cuando nosotros también dejamos de realizar las labores prohibidas, damos testimonio de una verdad esencial: el mundo tiene un Creador y todo cuanto existe depende de Él. Pero hay algo más. Hashem no solo estableció este día como recuerdo de la creación. También lo bendijo y lo santificó por encima de los demás días. Es decir, nos regaló una oportunidad especial para apartarnos de las preocupaciones cotidianas, acercarnos a Él y recibir una santidad que no encontramos de la misma manera durante el resto de la semana.
Dos maneras de acercarnos a Hashem
¿Cómo podemos recibir esa santidad? La Torá nos enseña dos mandamientos fundamentales: zajor, «recuerda», y shamor, «guarda». A primera vista, podrían parecer dos formas de expresar una misma obligación. Sin embargo, cada uno nos enseña algo diferente. Zajor nos invita a santificar el día mediante nuestras acciones: recitar el kidush, honrarlo con comidas especiales y disfrutar de él con alegría. Shamor, en cambio, nos enseña a abstenernos de las labores prohibidas, dejando de lado nuestras actividades habituales para dedicarnos a lo verdaderamente importante. Ambos mandamientos se complementan. No basta con dejar de trabajar, ni tampoco con disfrutar de comidas festivas. La santidad de este día se alcanza al unir ambas dimensiones: lo que hacemos para honrarlo y aquello de lo que nos abstenemos para guardarlo. De esta manera, el Shabat se convierte en el punto de encuentro entre nuestra vida cotidiana y la santidad divina.
Un regalo que guarda un secreto
Nuestros Sabios nos transmitieron unas palabras extraordinarias: «El Santo, bendito sea, le dijo a Moshé: “Tengo un buen regalo en Mi tesoro y su nombre es Shabat. Deseo entregárselo a Israel. Ve y házselo saber”». ¿Por qué Hashem llamó al Shabat un regalo de Su tesoro? ¿Qué tiene este día que lo hace tan especial? La respuesta es que nos permite experimentar, incluso mientras vivimos en este mundo, algo de la espiritualidad del Mundo Venidero. Como expresamos en uno de los cantos tradicionales:
«El día de Shabat, día de descanso, es un anticipo del Mundo Venidero».
Esto significa que su santidad nos permite acercarnos a una realidad espiritual mucho más elevada que nuestra existencia cotidiana. Por eso, la manera en que vivimos este día tiene un significado profundo. Quien lo honra, observa sus leyes y lo disfruta con santidad puede experimentar algo de la cercanía con Hashem que caracteriza al Mundo Venidero. No se trata simplemente de descansar del esfuerzo de la semana, sino de disfrutar de un regalo que nos permite elevarnos por encima de lo material.
Una luz capaz de transformarnos
¿Puede la santidad de un día transformar a una persona? Nuestros Sabios enseñan que durante el Shabat recibimos una neshamá yeterá, un alma adicional que nos permite experimentar una mayor elevación espiritual. Se cuenta que algunos grandes tzadikim alcanzaban tal nivel de santidad que sus rostros parecían transformarse al llegar este día. La luz espiritual que recibían se reflejaba incluso en sus facciones, hasta el punto de que resultaba difícil reconocerlos. Nuestros Sabios también enseñan que el resplandor del rostro de una persona durante la semana no es igual al que tiene en Shabat. Pero esta posibilidad de elevación no está reservada únicamente para los grandes justos. Cada uno de nosotros puede beneficiarse de esa santidad al observar las leyes del día, honrarlo y vivirlo con alegría y conciencia de su grandeza.
El verdadero regalo del Shabat no consiste solamente en descansar de nuestras ocupaciones, sino en recibir una santidad capaz de transformar nuestra vida.
Y quizás esa sea una de sus enseñanzas más hermosas: la luz que recibimos durante este día no tiene por qué desaparecer cuando termina. Puede acompañarnos e iluminar también el resto de nuestra semana. Que sea la voluntad de Hashem que merezcamos recibir esa santidad, elevarnos por medio de ella y llevar su luz con nosotros durante todos los días de la semana.
“SHABAT SHALOM”
Rab Abraham Aramati
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